sábado, 18 de abril de 2015

Relato corto: Pacto con el Diablo




     Corría tan rápido como las piernas se lo permitían sobre el suelo encharcado. Le seguían. Otra vez esa pandilla de chicos que intentaban molestarle siempre que podían. Sin embargo, por más que se esforzara, Jorge no era el más atlético de su clase, y acabó por tropezar y caer en un gran charco.
Presa del pánico, intentó ponerse en pie y huir de los matones, pero apenas sentía las extremidades a causa del frío y la lluvia, y acabó por darse por vencido. En unos segundos, la llegada de sus perseguidores fue anunciada por el sonido del chapoteo de los zapatos contra el agua.
—¡Hola, Jorge! ¿Qué tal va todo? —preguntó con sarcasmo el líder del grupo.
—¡Dejadme en paz! ¡Yo no he hecho nada! —exclamó el niño, mientras intentaba huir.
—Estás vivo, y eso ya importa. Danos ese papel que leías en clase y te dejaremos en paz... por hoy —lo dijo en un tono neutral, pero el ceño fruncido y la mandíbula apretada indicaban que prefería mostrar su enfado de manera gestual.
Al pobre chico no le quedó más remedio que resignarse. Abrió la cremallera de su mochila y sacó un papel plegado tantas veces que parecía un grano de arroz. El matón se lo arrancó de las manos y, después de abrirlo y leerlo, se empezó a reír. Al final, acabó rompiéndolo en pequeños pedazos. Los tiró en la cabeza de Jorge y, como prometió, se fue con sus fieles seguidores.
A lo lejos, el preadolescente escuchó las voces de los matones:
—¿Qué se creerá? ¿Que la vieja loca le va a ayudar a librarse de nosotros? ¡Ja! ¡Ya quisiera él!
El chico recogió su empapada mochila y siguió su camino. Corría el riesgo de coger una pulmonía, pero él estaba sonriendo: ellos no sabían que recordaba la dirección que estaba escrita en la nota.

Jorge se detuvo frente a una tienda vieja y destartalada que parecía fuera de lugar rodeada de comercios modernos con expositores iluminados. En un acto de valentía, abrió la puerta y se adentró en el interior del local, haciendo sonar una campanita. Sin embargo, no fue un sonido bonito el que produjo, tal y como él esperaba. Era desagradable y mortuorio, más adecuado para un funeral que para anunciar la llegada de un cliente. Jorge se estremeció, por el frío y por el miedo, pero procuró cuadrar los hombros para disimular su inquietud.

      Miró a su alrededor y pudo comprobar que el establecimiento estaba abarrotado de aparatos extraños. El chico lo miraba todo con los ojos muy abiertos, curioso. Sin embargo, acabó viendo objetos que le causaban pavor, por lo que se apresuró a buscar al encargado.
No aparecía por ningún lado, por lo que se decidió a hablar:
—¿Hola?, ¿Hay alguien? —cuestionó, sintiendo su voz temblar.
Al cabo de unos segundos, un ruido que indicaba la apertura de una puerta provocó que el chico pegara un bote. Seguidamente, unos pasos sobre el suelo de madera. Por último, una anciana tan encorvada como un arco apareció junto a él.
—¿Qué quieres, niño? Eres mi primera visita en muchos años.
—Yo, esto... Quiero algo que me haga muy fuerte, señora.
La vieja mujer lo miró, casi sin poder aguantar la risa. Le resultaba graciosa la inocencia del niño de doce años. Sin embargo, aun pareciéndole patética su petición, la anciana decidió que podría sacar provecho de la situación.
  —De acuerdo, chaval, te haré más fuerte. Pero antes, dime una cosa, ¿no tienes frío? Estás  completamente empapado.
El niño asintió tímidamente con un movimiento de cabeza. La mujer le mostró algo que se quedó a medio camino entre una mueca y una sonrisa desdentada y se fue a otra habitación.
En su regreso, llevaba una manta entre sus manos afectadas por la artritis. Se la entregó a Jorge que, algo desconfiado, se la puso alrededor del cuerpo. Era de un tejido grueso, por lo que el chico no tardó en entrar en calor. Le dio las gracias, pero ni siquiera alzó la mirada del suelo para ver la reacción de la anciana.
—Ahora que hemos solucionado este problema, podemos comenzar con lo importante. Sígueme, joven —ordenó la longeva mujer, yendo hacia la sala contigua.
Jorge la obedeció y, aún con la manta echada a los hombros, empezó a andar.

     La habitación solo contenía una mesa y dos cojines de color gris ceniza. La anciana le invitó a tomar asiento y el chico se acomodó en uno. Después, la mujer de tercera edad salió de la sala y volvió tras unos segundos con una olla en la mano y un pequeño vaso de cristal.
Colocó ambos objetos encima de la mesa y se sentó con cuidado en el cojín que quedaba libre.
—Jorge, ahora llega el momento de la verdad. Este recipiente contiene  una potente poción que te dará una fuerza sobrehumana durante un día entero. Lo único que tienes que hacer es beber un sorbo.
Acto seguido, rellenó el vaso hasta arriba con el líquido que contenía la olla: una sustancia del color de las moras con un olor desagradable. El chico no pudo evitar arrugar la nariz ante el hedor que emanaba.

Miró el vasito con gran desconfianza, sin atreverse a hacer nada aparte de temblar. No podía parar de pensar que aquello era un mala idea pero, por otro lado, deseaba darle una lección a los matones de su colegio. Al final, se atrevió a coger el pequeño recipiente con las manos y se lo acercó a los labios, sin llegar a volcar la poción en su boca. La mujer, impaciente, vociferó:
—¡Vamos! ¡Bébetelo de una vez!
Dio énfasis a su enfado y golpeó la mesa con el puño, provocando que unas gotas se derramasen de la olla y cayeran sobre su mano. Soltó un chillido de dolor y empezó a maldecir muy rápido en una lengua desconocida para el chico. Este no sabía qué estaba ocurriendo, pero solo podía mirar con horror cómo la mano de la vieja comenzaba a echar humo.
Jorge, ante esta visión, tiró inmediatamente el vaso al suelo, provocando que se esparciese el contenido del vaso de cristal y que, a su vez, se rompiera en mil pedazos. La mujer chilló aún más fuerte, y empezó a gritarle al chico barbaridades.
El chico, obedeciendo a lo que le decían sus instintos, cogió la olla y vació el mejunje encima de la senil anciana. Después de agoniosos segundos, el preadolescente presenció cómo la anciana nonagenaria quedaba reducida a cenizas.
Pálido como un muerto, salió de esa tienda del demonio y se fue corriendo a casa.


      Sus padres le pidieron explicaciones sobre lo ocurrido, pero el chico nunca pudo responderles, pues había olvidado completamente lo que le había ocurrido durante esa tarde lluviosa. Puede que fuera mejor así. Desde luego, la experiencia de haber estado a punto de realizar un pacto con el diablo no sería bien recordada.


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Hola blogeros. Según la encuesta, pedíais más secciones e historias escritas por mí, por lo que ¡aquí tenéis un relato corto de mi invención! Por otro lado, está terminantemente prohibido cualquier tipo de plagio o adaptación de esta historia. 

¡Hasta pronto!